DE GOMINOLAS Y SALTAMONTES
En 14 febrero, 2018 | 0 Comentarios

DE GOMINOLAS Y SALTAMONTES

La clase, aquella tarde, me había dejado descolocado. Análisis financieros y opas hostiles. Justo lo que necesitaba para acabar el mes. Prácticamente me escabullí de la escuela evitando a los compañeros. Ya era noche cerrada y corrí hacia el metro. Tenía que coger la línea 6 y hacer trasbordo en Manuel Becerra. Estaba inusualmente abarrotado para las horas que eran. No me pude ni sentar. Se abrieron las puertas y la gente salió a pedazos, empujones. Como carne picada. Tenían mucha más prisa que yo por llegar a casa. Cuando vi un poco de claridad entre tanta pierna, tanto codo y tanto hombro, me atreví a salir yo también.

Nada más poner el primer pie en el andén llamó mi atención una pequeña gominola que había aplastada en el suelo. Sin duda víctima de aquella, nuestra marabunta. No era de esas gominolas blanditas de colorines recubiertas de granos de azúcar. Era una gominola grande, dura y roja por fuera. De esas que, cuando te metes en la boca, se derriten casi al instante y te dejan un sabor estupendo a fresa ácida. Cuando era pequeño costaban diez pesetas. Alguien la había pisado. Bueno…supongo que más de un “alguien”. Yo di un acertado brinco para evitar a la pobre chuchería.

Empecé a recorrer el andén en dirección a las escaleras mecánicas. Antes de llegar, volví a ver unas cuantas gominolas más en el suelo. Todas rojas, todas iguales, todas pisoteadas con mayor o menor infortunio. En mi ánimo no se encontraba rematar a las pobres, aunque fuera solo para evitar manchar las suelas de mis zapatos. Esquivé todas. Alcé la vista y oteé el final del andén. Los viajeros estaban apelotonados esperando su turno para subir por el lado derecho de las escaleras mecánicas. Otros se pasaban por la izquierda y andaban cabeceando sin cesar cuesta arriba. Nadie utilizaba las escaleras normales; las de piedra. Por supuesto, yo tampoco.

Llegó mi turno de subir. Me detuve un instante hasta que encontré hueco y pude ver entre las piernas de los viajeros todo un desfile de gominolas rojas botando como frijoles en sartén por las escaleras mecánicas. Otras, por el contrario, yacían muy espachurradas. Aguzando un poco la vista, pude ver que formaban un reguero con cierta continuidad. Sin duda, la mano del hombre estaba detrás de todo esto. Me decidí a saber qué Hansel era el causante del rastro. El resto de usuarios andaba sin prestar la más mínima atención a ese dulce baile nómada.

Las gominolas rebotaban las unas contra las otras tropezándose contra los escalones en movimiento. Algunas caían escaleras abajo y sucumbían bajo los apresurados pies de las personas. Al llegar arriba se toparon con el último gran escollo: el escalón que todo se traga. La trituradora. Los afilados peines de acero. Ese escalón que se esconde llegando al final de la escalera y vuelve a viajar hacia abajo pero por dentro del mecanismo. Contuve el aliento. Estaba  muy intrigado por saber qué gominolas superarían la decisiva prueba. A decir verdad, parecían tener vida propia. Daban saltos y hacían piruetas para esquivar los enormes pies de los viajeros. Una gominola en concreto esquivó más de siete pisotones para luego caer escaleras abajo. Perdí su pista. Ninguna, ni siquiera las más espachurradas, consiguió superar el último ardid mecánico. Yo, en cambio, sí.

Enfilé hacia el pasillo del intercambiador. Dejé atrás el reguero de dulce. Ni siquiera me giré para ver si alguna todavía me seguía. La gente se encontraba dispersa por la maraña de pasillos y estancias. Al doblar una esquina, volví a tropezarme con tres o quizás cuatro gominolas más. Estaban casi intactas y diseminadas a lo largo del pasaje subterráneo. Pegada a una pared, cerca de una papelera, había tirada una bolsa transparente de plástico. Estaba rota. Dentro de ella aún dormían cinco gominolas. De Hansel, creador de esta farsa, ni rastro.

A la mañana siguiente me levanté y lo primero que hice fue bajar a comprar algo para el desayuno. En la calle donde yo vivo todo es paz y calma. Es difícil ver pasar un coche y siempre hay sitio para aparcar. Cerca de ella hay una avenida donde ocurre todo lo contrario. El tráfico y el ajetreo son constantes. Día y noche. Pues bien, mi desayuno dependía en gran medida de llegar al final de mi calle y cruzar esa avenida.

En llegando, de pronto, un graznido robó mi atención. Elevé la vista buscando el origen del sonido y vi un par de urracas volando raso a gran velocidad. Perseguían a un pájaro muy pequeño. Afiné un poco más la vista y descubrí que aquello no era un ave. Era uno de esos saltamontes gigantes que acuden a la meseta como plaga una vez llegado el otoño. El insecto agitaba sus alas de manera vertiginosa. Muchísimo más rápido que las urracas.

Con el tentempié de aquella visión, había llegado al pie de la avenida. El semáforo estaba en rojo para los coches. Aun así me detuve. No quería desmejorar aquel desenlace con mi indiferencia. En su persecución, las urracas lanzaban picotazos al aire y el saltamontes al final cayó por la fatiga en mitad de la carretera. El semáforo cambió a verde en el peor de los momentos. Los motores empezaron a rugir y las dos urracas abortaron misión, teniendo que aposentarse en la rama de un árbol, armadas de impaciencia y sin poder capturar su presa.

Los autos aceleraron con violencia. El pobre bicho no hizo ademán de moverse. Tan sólo guardó sus alas y colocó sus enormes patas traseras en posición de relajo. Quizás recuperar el aliento era primordial si en sus planes entraba el seguir vivo al final del día. Los neumáticos rodaban con fuerza muy cerca del pequeño saltamontes gigante. Las urracas observaban con atención la escena y esperaban su ocasión para bajar, al igual que yo, a recoger su desayuno.

Pasaron dos coches, cinco, quince y al final un enorme camión negro aplastó con gran crujido el duro exoesqueleto de la langosta. El semáforo cambió esta vez a rojo sangre. Ya no quedaba ningún coche por pasar. Incluso había un relativo silencio. Una pausa, en respeto a los caídos. Las urracas miraron a su presa sin descolgarse de la rama. Vieron sus tripas anaranjadas ocupando el asfalto, las alas separadas del cuerpo a varios palmos y un ligero movimiento rítmico en una de las patas traseras. La última voluntad, si eres un animal de sangre fría.

Se miraron la una a la otra. Con sus negros ojos azabaches. Volvieron la vista al saltamontes y echaron a volar hacia el cielo sin ni siquiera despedirse de lo que iba a ser su almuerzo. Quedó sólo un camión en la lejanía, un saltamontes aplastado, dos urracas surcando el cielo y yo, testigo, esperando de nuevo a que el semáforo se pusiera en verde.

FIN

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